El amor. Tanto se ha dicho. Tanto se ha plasmado en rugosos pergaminos. Tantas maravillas se desprenden del velo que lo envuelve. Tantas miserias arden en lo más profundo del alma. El amor. El amor y el dolor. Al parecer están condenados a una eterna reciprocidad. No existe amor sin dolor. Y aún en el corazón del dolor se esboza un cálido resplandor. Otra contradicción que nos secunda. Otra historia inconclusa. ¿Qué es el amor? ¿Por qué será que el sufrimiento lo persigue con tanta saña? Si el amor no le ha hecho nada. Si tan solo existe. Si tan solo le da un sentido a nuestra cándida insignificancia. Muchos podrán afirmar que la vida misma es un gran acto de amor. Otros encontrarán en el regazo de Dios la expresión más fuerte y sincera, la rendención y el consuelo, la esperanza y un camino más ameno. Otros más osados, se atreverán a decir que el amor yace en la mirada de un pequeño niño que juega en el parque, en la sonrisa de una pareja de ancianos que aún se reconoce como el primer día, en la caricia de un cachorro quien aún no ha probado el sabor amargo de la desilusión.
“¿Y si te pregunto a vos? ¿Serías capaz de responder? ¿Serías capaz de abrir tu corazón?” me susurra una voz al oído. Me paralizo. En verdad no sé que responder. Contemplo por unos instantes el paisaje que me rodea. Me dejo acariciar por la brisa que se desprende del ventilador. Me detengo en el movimiento de mis pestañas, en aquel ir y venir desatinado y cuasi mecánico. Giro y me enriedo en un sinfín de palabras vacías. Entretengo a mi mente, intento engañarla. Postergo el momento del juicio final. Acelero mis pies, me entrego a una carrera sin principio ni fin. Al parecer, me niego con todas mis fuerzas a dar una respuesta. Me persigo. Me persigo una vez más. ¿Es que acaso me es tan difícil hablar del amor? ¿Es que acaso aún no lo he comprendido?
El amor tocó mi puerta. A muy temprana edad, debo confesar. Siempre fui algo inconsciente, una pequeña kamikaze. Siempre fui de esas personas que creía en el amor más ferviente y apasionado. Me dejaba embeber por aquellas historias de romances intrépidos, donde los obstáculos no eran sino pruebas para fortalecer un vínculo profundo. Me sumergí en la literatura de Austen, en los poemas de Keats, en las tragedias de Dumas. Esperé junto a Marianne Dashwood, caminé por Paris de la mano de Margarita Gautier, sufrí los desatinos del joven Werther, observé como Elizabeth Bennet sangraba en silencio por la ausencia de su amado. Crecí en el cenit de un romanticismo latente. Creía con tanta fuerza que perseguía con ahínco un amor de novelas. Esperaba a un señor Darcy. Soñaba con efusivas declaraciones a la luz de la luna. Idealizaba de alguna manera, a esa persona tan especial que algún día ocuparía un lugar en mi corazón. Y fue así que me enamoré. Dos veces. De diferentes maneras. Pero al final del día, yo era la misma de siempre. La misma loca enamoradiza, la que abrazaba la calidez de la utopía. Dije “te amo” cuando en verdad lo sentía. Es que en verdad lo sentía así. Fueron sentimientos genuinos. No había máscaras ni engaños. Solo un corazón que ardía por dentro. Me desilusioné. Sufrí pero no por viles conspiraciones contra mi persona. Sufrí porque yo misma me infligí un castigo innecesario. Yo me até expectativas estrambóticas. Yo idealicé. ¿Y cómo pude ser tan tonta de no darme cuenta de la verdad? ¿Cómo fue que en mi torbellino de pasiones desenfrenadas olvidé que quien caminaba conmigo era un ser tan vulnerable e imperfecto como yo?
Me equivoqué. Y pagué con lágrimas de cocodrilo. Con enojos y silencios. Con distancia, con ausencias. No lamento los desenlaces que me tocó vivir. A decir verdad, los necesitaba con desesperación. Necesitaba por fin respirar. Necesitaba pensar en mí. ¿Y por qué de repente todos estos planteos? ¿Por que hoy? ¿Por qué esta noche? Vaya uno a saber. A veces uno cree que es el único que sufre y adolece. Pero basta con mirar alrededor para que el mito se rompa en mil pedazos. Todos sufren. Todos han probado en menor o mayor medida los resabios del amor.
“¿Sentis miedo de volverte a enamorar?” susurra nuevamente la voz.
Silencios. Silencios mortecinos. A veces pienso que jamás me voy a volver a enamorar. Otras me someto a largas sesiones de tortura emocional y me autoconvenzo de que voy a caer en las trampas del lado oscuro del amor. Blancos o negros. Al parecer, optimismo y pesimismo se debaten en mi ser.
Sin embargo mis labios callan esta vez. Me despojo de mis engaños y mentiras. Me concentro en el ahora. Pienso que debería ser más valiente y honesta con mis propios sentimientos. Dejarme de escapismos, enfrentarme a mí misma. Pero aún así, aún así en verdad no sé que decir. El amor me ciega. El amor me incita a no responder con palabras. Me pide que me deshaga de las piedras que cargo a mis espaldas, que me deje ser, que me libere de todo aquello que me atormenta.
“¿Sentis miedo de volverte a enamorar?”
Solo sé que nada se. Solo sé que en verdad me gustaría que alguien me diera la respuesta.