Hace apenas unos instantes me deleité con la entrevista que Oprah le realizó a JK Rowling. A decir verdad, si bien soy una gran admiradora de la saga, nunca me había detenido a escucharla, nunca me había dejado embeber por su gran conocimiento y experiencia de vida. Pero esta noche eso cambió. Y sus palabras inspiraron de alguna manera, este post.
JK nos habla del fracaso. Nos dice con franqueza que es imposible vivir sin fallar en algo, a menos que vivamos con tanta cautela y no vivamos en lo absoluto. “En ese caso, también fracasas por default” nos aclara con una sonrisa. Sus palabras me dejaron pensando. Encendieron una pequeña luz en la jungla de mis pensamientos. Me devolvieron a la realidad de una cachetada. Me colocaron frente a mi propia entereza, frente a mi delicada fragilidad. Me encerraron en un callejón sin salida. Me tomaron desprevenida. Me miraron fijo a los ojos y me preguntaron con frialdad: ¿Sos capaz de tomar conciencia de todo lo aquello significa? ¿Hay lugar acaso, en tu diminuto sistema de blancos y negros para las caídas y los fracasos? Las verdaderas caídas. Los verdaderos fracasos. A veces, tenemos la ilusión de caminar como mártires por el mundo. Y al mínimo halo de dolor nos creemos malditos, condenados a una eternidad de obscuridad y desconsuelo. Nos surge la necesidad de magnificar aquello que crece en nuestros corazones. Nos entregamos a la queja, al llanto, al “no podré hacerlo” “jamás lograré levantarme”. Olvidamos que la vida también es eso. Olvidamos que la vida también es una secuencia de pequeñas caídas, de tropiezos encantados, de errores encapsulados. Pero, ¿Quién realmente lo comprende? ¿Quién es capaz de racionalizar tales sentimientos? ¿Quién logra realmente distinguir entre la realidad y el sueño? Si el dolor es tan real. Si aquellas sensaciones de desazón y ahogo nos persiguen con ahínco. ¿Quién logra recordar que el dolor es necesario, que las equivocaciones nos moldean y forman parte de nosotros mismos? Requiere de una gran fortaleza el poder colocar las cartas sobre la mesa. El imponerse. El detenerse un instante y respirar. ¿Quién desea sufrir? ¿Quien realmente persigue un camino de dolores incesantes, de felicidades inalcanzables? Honestamente. Con una mano en el corazón que alguien me diga quien. Somos humanos. Hermosas criaturas adornadas por la hiedra de la complejidad. No somos sencillos. Y es que, estoy segura que no encontraríamos sino tedio y aburrimiento en lo simple y convencional. Necesitamos de alguna manera el cálido abrazo de una complejidad latente. Necesitamos girar en pequeños circulos de autodestrucción. Y tan solo para conocernos más. Tan solo para salir de la caverna y tomar una bocanada de aire fresco. Tan solo para sentirnos dueños de nosotros mismos. Al menos por un instante.
Escribí alguna vez : “Para que algo nazca, algo tiene que morir”. Para caminar, también hay que caer. Para despertarse, alguna vez hay que dormir. Transiciones. Vigilias. Introspecciones. Todos ellos forman parte de quien somos. De repente irrumpen en mi mente palabras que dejé plasmadas en mi novela. Palabras que ellos, mis personajes, tuvieron el coraje de arrancar de mi corazón. Ellos también cayeron. Ellos también probaron el sabor amargo del fracaso. Y aún así se aferraron con fuerza al deseo que yacía dentro mío. A esa vida que de alguna manera les otorgaba día a día.
“¿Y que hay de vos?” De repente, un sinfín de miradas me apuntan con sus pupilas.
¿Y yo?
¿Habré finalmente comprendido lo que JK nos quiere enseñar? ¿Habré aceptado al fracaso como parte de la vida? ¿Habré abandonado la batalla?
“Quien sabe” susurra una voz a lo lejos.
“Quien sabe”
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