Y los granos de café se disolvían en sus cuerpos mojados, en la asimetría de sus figuras. Y ellos no retrocedían, más bien se fundían una y otra vez en el elixir de su inmortalidad. La luna, envuelta en esa suerte de regocijo prohibido, observaba aquel divino paganismo desde la infinidad del cielo aterciopelado. El amor. ¡Oh el amor! Aquél ahogo intermitente, aquel derretirse cual terrón de azúcar en tazón de café negro y ardiente. El amor. Lo efímero. Lo intenso. El darle riendas sueltas a los deseos más profundos de la propia introspección. Somos. Sentimos. Vivimos. Pero los amantes, todo eso ya no lo recuerdan. El amor ya los ha cogido de las narices y ahora no son más que esclavos de ellos mismos, fantasmas de dulce perfidia, anacronismos de la noche. No son más que un puñado de cartas mal barajadas, paradigmas aún no resueltos.
Los amantes. Deliciosas ironías de un desvelo anunciado, paradojas de épocas lejanas. ¿Es que acaso debemos quitarnos la ropa para caer frente a nuestra propia insignificancia? Ya no hay lugar para la ficción de una dialéctica ensayada, la modernidad ya no la acepta. Nos sumerge en un océano de podredumbre obscena. Miradas. Miradas mitológicas. Miradas que lo dicen todo, miradas que no dicen absolutamente nada. ¿Entonces qué nos queda? Pero los amantes son astutos, son criaturas rapaces encerradas en siluetas de aparente fragilidad. Los amantes descubren una verdad encubierta, le dan vida al mito y salen de aquella caverna de ignorancia y cegüera. Se cubren los ojos pero ahora ven más claro que nunca.
Se besan. Se pierden en aquella suerte de paraíso terrenal. Se ahogan en suspiros catatónicos, se dejan seducir por aquel indómito frenesí. Se abrazan, se definen en un vaivén de movimientos irregulares. Se rozan. Se tocan. Se acarician con sutil histrionismo. Atrás quedaron aquellos años de inocencia pueril. Se acercan aún más, desafían los rígidos códigos de la cotidianidad. De sus labios húmedos y encendidos, se deja entrever una exquisita prisión de suspiros de cristal. Sus narices se chocan, en un ir y venir de fugaces encuentros. Suaves mordiscos de anís se abren paso en la sinfonía de lo absoluto. ¿Y quién sabe qué es lo absoluto ¿Y quién sabe de dónde brotan las raíces del vacío?
Un grito en el cielo. Un antes y un después. La luna se sonroja cual pequeña infante; las estrellas cubren aquella delicada e inmaculada pureza. Mientras, los amantes, se entregan al placer más desquiciado. Se poseen, se sofocan, se liberan del estigma de la vergüenza. Horas. Minutos. Segundos. El reloj de bolsillo corre sin cesar. Pero los amantes, ya cayeron en esa suerte de limbo atemporal, donde todo es eterno, donde todo se extingue en un abrir y cerrar de ojos.
Contradicciones. Todos cruzamos la delgada línea de la contradicción. Somos y no somos. Creemos y dejamos de creer. Pero caminamos por el mundo como fieles devotos. Hipocresía. Escasa definición. La maravilla que asoma del pico de la complejidad. Por fin los amantes se despojan de las cadenas del prejuicio pérfido, del “qué dirán” de la eterna lucha entre “el deseo y el deber”. “¿Qué es el amor?” “¿Qué es el Destino?“ se preguntan. Pero el silencio reina en sus corazones adormecidos.
Envueltos en un intenso y caluroso frenesí, lo amantes se revuelcan en el jardín de la plenitud. Creen haber comprendido la felicidad y se jactan de haber encapsulado al amor en sus dilatadas pupilas. Pero lo que no saben, es que el amor los ha encerrado a ellos, en un paraíso de ficción, en un paralelismo irreal. Lo que no saben es que ya no son dos sencillos cuerpos plagados de impulsos mundanos, invadidos por esa suerte de magia terrenal. Los amantes ya no son los amantes. Son ahora marionetas y esclavos. De sus propios deseos y fantasías. Del descarado ”Carpe Diem”, de las manecillas de un tiempo irresoluto y vagamente ultrajado.