Crónicas del pájaro que da cuerda a mi mundo
Aprendiendo a vivir.

Este año comenzó con varias premisas: ser más positiva, confiar en mi misma, vencer (tratar sería más apropiado) mis inseguridades, alejar la negatividad de mi vida, abrirme a nuevas oportunidades, moverme con más soltura por el mundo, no levantar tantos muros, no entregarme a los brazos de la distancia. Recuerdo que el 31 a la noche me senté en mi habitación y escribí una lista con el objeto de dejar por escrito mis metas y objetivos a corto plazo. A su vez, en otra parte de mi libreta enumeré todas aquellas cosas de las cuales quería deshacerme. Un amigo me había sugerido hacerlo ya que en su ciudad es tradición santa. Jamás se me había dado por armar listas donde de alguna manera expusiera mis deseos más fervientes. Llegué a la conclusión que ansío muchas cosas, variadas y coloridas. Sin embargo, no puedo evitar preguntarme: ¿Seré capaz de esbozar un “tic” aprobatorio a fin de año? ¿Seré capaz de hacer frente a mis propias exigencias? Querer. A veces, no basta con querer. Hay que hacer. Hay que enfrentarse a la sombras que aguardan en los recovecos del alma. La lista descansa en la calidez del cajón. Me recuerda que la bella durmiente un día despertó. Me recuerda que es hora de sofocar la queja y crecer. Crecer. Aprender a quererse a uno mismo también es crecer. Aprender a aceptar el reflejo que el espejo nos devuelve cada día también es crecer. Entender que somos seres imperfectos, abrazar la complejidad que brota de nosotros mismos, también es crecer. Entender que no estamos solos en el mundo no es sino la punta del iceberg. Nos urge abandonar por fin aquel egocentrismo idolatrado y mirar a nuestro alrededor. Abrir los ojos y ver con claridad.

Siendo totalmente honesta, me senté a escribir este post con una idea clara y definida: desahogarme, aquietar mi espíritu. Por razones varias me sentí dolida y algo nostálgica. Sentí que me estaba alejando nuevamente, que la magia se consumía lentamente. Sentí que aquellas personas con las que compartía tanto se desvanecían como la niebla vespertina. Sentí que mi presencia se teñia de un vago ausentismo, de ilusiones pasadas. Sentí unas terribles ganas de llorar. Sin embargo, no lograba encontrar las palabras para expresarme. Por alguna razón, mi corazón activó su sistema de seguridad. Me bloqueé emocionalmente. Me senté a escribir para excusarme, para llenarme de pretextos insulsos, para vomitar verdades ocultas en lo más profundo de mi ser. ¿Y para qué? ¿De qué me sirve ahogarme en penas conocidas? ¿No sería más loable secar mis lágrimas y madurar? No todo es en contra mío. No todo gira a mi alrededor. Eso lo sé. Claro que lo se. Pero no puedo evitar caer en las mismas trampas. No dejo de ser mi peor enemiga.

La lista aguarda en silencio. Escucha la pequeña sinfonía que brota del teclado. Adivina mis palabras adormecidas. Se molesta profundamente. Ella sabe que me quejo una vez más. Caigo por enésima vez. Caigo y me levanto. Me levanto para demostrarme que no voy a darme por vencida. Me levanto para reforzarme a mi misma. Me levanto también por ella. Me levanto también por vos, pequeña lista.

Porque en ella duerme una parte de mí: la soñadora, la guerrera, la amazona. En ella vive aquella parte que se erige inmortal. La que da batalla, la que no conoce derrotas. La obstinada, la entusiasta. La que mira al espejo y sonrie. La que no se acobarda.

Por ellas me levanto. Por todos aquellos pedacitos de mi misma que vagan en busca de verdad, en pos de algo más grande que ellas. Me levanto porque levantarse es crecer. Y crecer también forma parte de la vida.

Y la vida, la vida es la bendición más preciada que el ser humano ha de tener.

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  1. amordeporcelana posted this