¿No les ha pasado de emitir juicios de valor hacia otras personas? ¿No les ha pasado de crear imágenes desproporcionadas en sus mentes para luego comprender que estaban absolutamente equivocados? ¿No les ha pasado de sentirse observados, perseguidos, juzgados? Juicios. Prejuicios. Miradas cargadas de insulsa severidad. A veces me pregunto por qué el ser humano tiene la asquerosa necesidad de anticiparse a todo. ¿Será una cuestión de autopreservación? ¿O será acaso la ambición de adueñarse de una razón austera? Siempre queremos tener razón. Siempre pensamos que nuestros pensamientos albergan la verdad absoluta. Siempre nos inclinamos a pensar que es el otro quien se equivoca. Jamás nosotros. Jamás descansaremos en el regazo del error. Como si el pobre fuera un paria, un malviviente, un exiliado. Nunca cruza por nuestra mente la idea de que el otro es un ser tan vulnerable y frágil como nosotros. Jamás pensamos en las piedras que se ciñen a su alrededor. Pensamos en nosotros. No vemos más allá. Y juzgamos. “Si es rubia debe ser tonta” “Si usa anteojos y viste serio debe ser intelectual” “Seguramente no le interesan mujeres como yo” ¿No suena rídiculo? ¿No será que en verdad estamos ciegos y vemos lo que queremos ver?
En mi corta experiencia pude notar que el ser humano no está preparado para enfrentarse al error. Siempre subyace aquel gélido miedo a equivocarse, a no hacer lo correcto. ¿Y qué es lo correcto? ¿Por qué el pánico y la desesperación? Sería hipócrita si afirmase que jamás me he paralizado frente a la posibilidad de rozar la delgada línea entre lo que debo y quiero hacer. Un abismo de errores acusatorios me persigue y me obliga a elegir un camino. Mientras, pienso y pienso. Busco en mi mente soluciones rápidas, soluciones prácticas. Mi corazón se arrodilla y me pide a gritos que lo escuche. Pero yo, ensordecida y aturdida, hago caso omiso a sus suplicas. Corro. Corro en la obscuridad que me envuelve. Yo no me quiero equivocar. Yo no quiero que al final del día el tribunal me condene. Yo no quiero que me juzguen.
Miedos. Recurrentes y fieles, encuentran siempre la oportunidad de atormentarnos, de llevarnos de las pestañas a sus cuevas. Sin embargo, no somos tan sumisos como ellos creen y hemos desarrollado mecanismos de defensa, escudos de cartón corrugado. Si la realidad nos es austera, si el mundo que se esconde detrás de la caverna nos asusta, entonces optamos por encerrarnos en nuestras paredes de cristal. Nos fundimos en aquel hermetismo primitivo, cerramos las ventanas y no dejamos que el sol se inmiscuya. Nos cerramos en nosotros mismos. ¡Pero vaya si seremos criaturas astutas! ¡Logramos engañar al miedo pero nos engañamos a nosotros mismos! Claro que a no todos les urge la misma necesidad. Hay quienes no temen y se lanzan al vacío. Hay quienes se dejan embeber por la adrenalina del momento. Hay quienes son el sádico y el masoquista. Es tan difícil. A veces es tan difícil tomar una decisión. “¿Me animo o mejor callo?” “¿Y si lo arruino todo?” “¿Y si en verdad piensa que soy una loca?” Mientras, las oportunidades pasan frente a nuestras narices. Mientras, el tren parte una vez más. Y nosotros, sumidos en pensamientos abstractos no somos capaces de ver a nuestro alrededor. Nos mentimos una vez más.
Pero, ¿qué sucede cuando a pesar del miedo uno es conciente que debe actuar? ¿Qué sucede cuando el tiempo nos devuelve bruscamente a la realidad? Yo soy de aquellas personas que sienten con gran intensidad. Soy de aquellas personas que se cargan con preocupaciones innecesarias. Me invento pretextos, me miento una y otra vez. No logro ver lo que los demás ven en mi. Me defiendo absurdamente. Muestro mi lado más duro. Me es curioso porque la gente suele pensar que cuento con gran confianza en mi misma, que soy de esas chicas que no conocen la vergüenza, de aquellas que se llevan la vida por delante. Y a decir verdad, no soy así. Soy muy tímida con quien recién conozco, me lleva tiempo abrirme y confiar en los demás. Pero soy orgullosa y jamás dejo entrever mi dolor. El orgullo es pues, mi coraza esencial. Cuando tengo que callar, hablo. Y cuando tengo que hablar, callo terriblemente. Tantas veces me recriminé no haber sido más moderna y atrevida. No haber sido más franca y honesta. No haber tenido el coraje de expresar lo que sentía. Y cuando lo hago, cuando por fin junto las fuerzas y me lanzo al vacío, el miedo me aguarda al fondo del abismo.
Y tantas veces siento lástima de haberme fallado a mi misma. De haber mostrado solo una cara de la moneda. De haber engañado a mi interlocutor. Y tantas veces mi corazón pide una segunda oportunidad.
Y en silencio, aún la espero. Aún la espero en verdad.
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