Soy solitaria. A veces uno no se da cuenta, pero jamás falta la ocasión para que nos caiga la ficha. La realidad golpea cuando uno menos lo espera. A decir verdad, no me siento deprimida ni nostálgica por eso. Es sólo una simple observación. O más bien, una afirmación. Anoche se me dio por ver fotos viejas. De esas manías de martes por la noche. Fotos de mis compañeros de la secundaria. Fotos de aquellas personas que estuvieron en mi vida durante años. Algunos más. Otros menos. Algunos tocaron mi corazón. Otros, apenas rozaron la metálica coraza que me recubre. Sin embargo, todos pasaron por el jardín de mi primera juventud. Pasando las fotos, pude apreciar cómo el proceso del cambio envuelve a las personas. Cabello corto, cabello largo. Decoloraciones sucesivas, lacios y enrulados. Todos se erigen inmortales en el seno de las fotografías. Todos de alguna manera, permanecemos detenidos en el tiempo. Sigo pasando. Recuerdos de veranos pasados, las competencias escolares, las fiestas de viernes. Todos sonríen. Todos se abrazan. Por supuesto, aquel vago equilibrio no es sino una fría apariencia. No todos conviven en armonía. Pero eso no importa. Eso no hace a la esencia de esta reflexión desabrida. Sigo pasando. Sigo recordando. De alguna manera, yo también vuelvo el tiempo atrás. Le doy cuerda al reloj que hace tiempo decidió ignorarme. Me mira con desgano y con altivez me pregunta: “¿Y qué fue de vos, querida?”. Me quedo en silencio. A decir verdad, no sé qué responder. Hice cosas, claro. Pero aquella pregunta se clavó como una pérfida espina en el epicentro de mi ser. Me encuentro frente a frente con aquella realidad que me pertenece. Nos batimos a duelo en silencio. A decir verdad ella intenta alcanzarme pero yo me alejo. Yo me alejo. Al parecer se me da bastante bien. No puedo evitar mirar hacia atrás y ver a las personas que fui dejando en el camino. De manera inconciente u adrede. Eso ya no importa. A veces pienso que la vida es como una sala de cine. Algunos, expectantes y ansiosos, se acercan. Otros, desanimados y aburridos, deciden abandonar la sesión. Están aquellos que vienen para quedarse para siempre. Y están aquellos otros que no son sino una efímera brisa, una caricia imperceptible. Mientras, la historia de mi vida sigue corriendo, no se detiene. No me detengo.
El reloj se vuelve hacia mí. Me vuelve a mirar. Me observa con cautela, con desprecio, con pena. Me interroga: “¿Por qué no estás vos allá también? ¿Por qué siempre tan ausente y alienada? ¿Por qué los muros y no las sonrisas? ¿Por qué las distancias? ¿A qué le tenes tanto miedo?”
Silencio. No emito palabra alguna. No río. No lloro. No me muevo. Al parecer, aquel reloj se llevó consigo algo más que recuerdos. Lo miro. Reflexiono un instante sobre lo sucedido. Cierro mis ojos y pienso. Aguzo mis sentidos e intento delinear una respuesta inteligente. No puedo vomitar cualquier tontería. No puedo. No siento. No logro despertar ninguna emoción digna.
Abro mis ojos. Estoy sola. El reloj se ha marchado y ha dejado en mi corazón más dudas e interrogantes sobre mi persona. ¿En verdad he cambiado? ¿Qué fue de mi? De repente me encuentro en mi habitación. Martes por la noche. 22:30. Me encuentro escribiendo sobre mi vida, sobre la soledad que de alguna manera me abraza y no me suelta, sobre mi ausencia, sobre mis miedos, sobre mis indómitas distancias.
-
catastrofewaitress liked this
-
unpatasucia liked this
-
luceroyvette liked this
-
carmenliria liked this
-
amordeporcelana posted this