-Por que eres bonita - respondio.
-Eres la primera persona que me lo dice.
-Es que soy el unico que lo sabe
(via ledelirant)
(via ledelirant)
El amor. Tanto se ha dicho. Tanto se ha plasmado en rugosos pergaminos. Tantas maravillas se desprenden del velo que lo envuelve. Tantas miserias arden en lo más profundo del alma. El amor. El amor y el dolor. Al parecer están condenados a una eterna reciprocidad. No existe amor sin dolor. Y aún en el corazón del dolor se esboza un cálido resplandor. Otra contradicción que nos secunda. Otra historia inconclusa. ¿Qué es el amor? ¿Por qué será que el sufrimiento lo persigue con tanta saña? Si el amor no le ha hecho nada. Si tan solo existe. Si tan solo le da un sentido a nuestra cándida insignificancia. Muchos podrán afirmar que la vida misma es un gran acto de amor. Otros encontrarán en el regazo de Dios la expresión más fuerte y sincera, la rendención y el consuelo, la esperanza y un camino más ameno. Otros más osados, se atreverán a decir que el amor yace en la mirada de un pequeño niño que juega en el parque, en la sonrisa de una pareja de ancianos que aún se reconoce como el primer día, en la caricia de un cachorro quien aún no ha probado el sabor amargo de la desilusión.
“¿Y si te pregunto a vos? ¿Serías capaz de responder? ¿Serías capaz de abrir tu corazón?” me susurra una voz al oído. Me paralizo. En verdad no sé que responder. Contemplo por unos instantes el paisaje que me rodea. Me dejo acariciar por la brisa que se desprende del ventilador. Me detengo en el movimiento de mis pestañas, en aquel ir y venir desatinado y cuasi mecánico. Giro y me enriedo en un sinfín de palabras vacías. Entretengo a mi mente, intento engañarla. Postergo el momento del juicio final. Acelero mis pies, me entrego a una carrera sin principio ni fin. Al parecer, me niego con todas mis fuerzas a dar una respuesta. Me persigo. Me persigo una vez más. ¿Es que acaso me es tan difícil hablar del amor? ¿Es que acaso aún no lo he comprendido?
El amor tocó mi puerta. A muy temprana edad, debo confesar. Siempre fui algo inconsciente, una pequeña kamikaze. Siempre fui de esas personas que creía en el amor más ferviente y apasionado. Me dejaba embeber por aquellas historias de romances intrépidos, donde los obstáculos no eran sino pruebas para fortalecer un vínculo profundo. Me sumergí en la literatura de Austen, en los poemas de Keats, en las tragedias de Dumas. Esperé junto a Marianne Dashwood, caminé por Paris de la mano de Margarita Gautier, sufrí los desatinos del joven Werther, observé como Elizabeth Bennet sangraba en silencio por la ausencia de su amado. Crecí en el cenit de un romanticismo latente. Creía con tanta fuerza que perseguía con ahínco un amor de novelas. Esperaba a un señor Darcy. Soñaba con efusivas declaraciones a la luz de la luna. Idealizaba de alguna manera, a esa persona tan especial que algún día ocuparía un lugar en mi corazón. Y fue así que me enamoré. Dos veces. De diferentes maneras. Pero al final del día, yo era la misma de siempre. La misma loca enamoradiza, la que abrazaba la calidez de la utopía. Dije “te amo” cuando en verdad lo sentía. Es que en verdad lo sentía así. Fueron sentimientos genuinos. No había máscaras ni engaños. Solo un corazón que ardía por dentro. Me desilusioné. Sufrí pero no por viles conspiraciones contra mi persona. Sufrí porque yo misma me infligí un castigo innecesario. Yo me até expectativas estrambóticas. Yo idealicé. ¿Y cómo pude ser tan tonta de no darme cuenta de la verdad? ¿Cómo fue que en mi torbellino de pasiones desenfrenadas olvidé que quien caminaba conmigo era un ser tan vulnerable e imperfecto como yo?
Me equivoqué. Y pagué con lágrimas de cocodrilo. Con enojos y silencios. Con distancia, con ausencias. No lamento los desenlaces que me tocó vivir. A decir verdad, los necesitaba con desesperación. Necesitaba por fin respirar. Necesitaba pensar en mí. ¿Y por qué de repente todos estos planteos? ¿Por que hoy? ¿Por qué esta noche? Vaya uno a saber. A veces uno cree que es el único que sufre y adolece. Pero basta con mirar alrededor para que el mito se rompa en mil pedazos. Todos sufren. Todos han probado en menor o mayor medida los resabios del amor.
“¿Sentis miedo de volverte a enamorar?” susurra nuevamente la voz.
Silencios. Silencios mortecinos. A veces pienso que jamás me voy a volver a enamorar. Otras me someto a largas sesiones de tortura emocional y me autoconvenzo de que voy a caer en las trampas del lado oscuro del amor. Blancos o negros. Al parecer, optimismo y pesimismo se debaten en mi ser.
Sin embargo mis labios callan esta vez. Me despojo de mis engaños y mentiras. Me concentro en el ahora. Pienso que debería ser más valiente y honesta con mis propios sentimientos. Dejarme de escapismos, enfrentarme a mí misma. Pero aún así, aún así en verdad no sé que decir. El amor me ciega. El amor me incita a no responder con palabras. Me pide que me deshaga de las piedras que cargo a mis espaldas, que me deje ser, que me libere de todo aquello que me atormenta.
“¿Sentis miedo de volverte a enamorar?”
Solo sé que nada se. Solo sé que en verdad me gustaría que alguien me diera la respuesta.
Hace apenas unos instantes me deleité con la entrevista que Oprah le realizó a JK Rowling. A decir verdad, si bien soy una gran admiradora de la saga, nunca me había detenido a escucharla, nunca me había dejado embeber por su gran conocimiento y experiencia de vida. Pero esta noche eso cambió. Y sus palabras inspiraron de alguna manera, este post.
JK nos habla del fracaso. Nos dice con franqueza que es imposible vivir sin fallar en algo, a menos que vivamos con tanta cautela y no vivamos en lo absoluto. “En ese caso, también fracasas por default” nos aclara con una sonrisa. Sus palabras me dejaron pensando. Encendieron una pequeña luz en la jungla de mis pensamientos. Me devolvieron a la realidad de una cachetada. Me colocaron frente a mi propia entereza, frente a mi delicada fragilidad. Me encerraron en un callejón sin salida. Me tomaron desprevenida. Me miraron fijo a los ojos y me preguntaron con frialdad: ¿Sos capaz de tomar conciencia de todo lo aquello significa? ¿Hay lugar acaso, en tu diminuto sistema de blancos y negros para las caídas y los fracasos? Las verdaderas caídas. Los verdaderos fracasos. A veces, tenemos la ilusión de caminar como mártires por el mundo. Y al mínimo halo de dolor nos creemos malditos, condenados a una eternidad de obscuridad y desconsuelo. Nos surge la necesidad de magnificar aquello que crece en nuestros corazones. Nos entregamos a la queja, al llanto, al “no podré hacerlo” “jamás lograré levantarme”. Olvidamos que la vida también es eso. Olvidamos que la vida también es una secuencia de pequeñas caídas, de tropiezos encantados, de errores encapsulados. Pero, ¿Quién realmente lo comprende? ¿Quién es capaz de racionalizar tales sentimientos? ¿Quién logra realmente distinguir entre la realidad y el sueño? Si el dolor es tan real. Si aquellas sensaciones de desazón y ahogo nos persiguen con ahínco. ¿Quién logra recordar que el dolor es necesario, que las equivocaciones nos moldean y forman parte de nosotros mismos? Requiere de una gran fortaleza el poder colocar las cartas sobre la mesa. El imponerse. El detenerse un instante y respirar. ¿Quién desea sufrir? ¿Quien realmente persigue un camino de dolores incesantes, de felicidades inalcanzables? Honestamente. Con una mano en el corazón que alguien me diga quien. Somos humanos. Hermosas criaturas adornadas por la hiedra de la complejidad. No somos sencillos. Y es que, estoy segura que no encontraríamos sino tedio y aburrimiento en lo simple y convencional. Necesitamos de alguna manera el cálido abrazo de una complejidad latente. Necesitamos girar en pequeños circulos de autodestrucción. Y tan solo para conocernos más. Tan solo para salir de la caverna y tomar una bocanada de aire fresco. Tan solo para sentirnos dueños de nosotros mismos. Al menos por un instante.
Escribí alguna vez : “Para que algo nazca, algo tiene que morir”. Para caminar, también hay que caer. Para despertarse, alguna vez hay que dormir. Transiciones. Vigilias. Introspecciones. Todos ellos forman parte de quien somos. De repente irrumpen en mi mente palabras que dejé plasmadas en mi novela. Palabras que ellos, mis personajes, tuvieron el coraje de arrancar de mi corazón. Ellos también cayeron. Ellos también probaron el sabor amargo del fracaso. Y aún así se aferraron con fuerza al deseo que yacía dentro mío. A esa vida que de alguna manera les otorgaba día a día.
“¿Y que hay de vos?” De repente, un sinfín de miradas me apuntan con sus pupilas.
¿Y yo?
¿Habré finalmente comprendido lo que JK nos quiere enseñar? ¿Habré aceptado al fracaso como parte de la vida? ¿Habré abandonado la batalla?
“Quien sabe” susurra una voz a lo lejos.
“Quien sabe”
Y los granos de café se disolvían en sus cuerpos mojados, en la asimetría de sus figuras. Y ellos no retrocedían, más bien se fundían una y otra vez en el elixir de su inmortalidad. La luna, envuelta en esa suerte de regocijo prohibido, observaba aquel divino paganismo desde la infinidad del cielo aterciopelado. El amor. ¡Oh el amor! Aquél ahogo intermitente, aquel derretirse cual terrón de azúcar en tazón de café negro y ardiente. El amor. Lo efímero. Lo intenso. El darle riendas sueltas a los deseos más profundos de la propia introspección. Somos. Sentimos. Vivimos. Pero los amantes, todo eso ya no lo recuerdan. El amor ya los ha cogido de las narices y ahora no son más que esclavos de ellos mismos, fantasmas de dulce perfidia, anacronismos de la noche. No son más que un puñado de cartas mal barajadas, paradigmas aún no resueltos.
Los amantes. Deliciosas ironías de un desvelo anunciado, paradojas de épocas lejanas. ¿Es que acaso debemos quitarnos la ropa para caer frente a nuestra propia insignificancia? Ya no hay lugar para la ficción de una dialéctica ensayada, la modernidad ya no la acepta. Nos sumerge en un océano de podredumbre obscena. Miradas. Miradas mitológicas. Miradas que lo dicen todo, miradas que no dicen absolutamente nada. ¿Entonces qué nos queda? Pero los amantes son astutos, son criaturas rapaces encerradas en siluetas de aparente fragilidad. Los amantes descubren una verdad encubierta, le dan vida al mito y salen de aquella caverna de ignorancia y cegüera. Se cubren los ojos pero ahora ven más claro que nunca.
Se besan. Se pierden en aquella suerte de paraíso terrenal. Se ahogan en suspiros catatónicos, se dejan seducir por aquel indómito frenesí. Se abrazan, se definen en un vaivén de movimientos irregulares. Se rozan. Se tocan. Se acarician con sutil histrionismo. Atrás quedaron aquellos años de inocencia pueril. Se acercan aún más, desafían los rígidos códigos de la cotidianidad. De sus labios húmedos y encendidos, se deja entrever una exquisita prisión de suspiros de cristal. Sus narices se chocan, en un ir y venir de fugaces encuentros. Suaves mordiscos de anís se abren paso en la sinfonía de lo absoluto. ¿Y quién sabe qué es lo absoluto ¿Y quién sabe de dónde brotan las raíces del vacío?
Un grito en el cielo. Un antes y un después. La luna se sonroja cual pequeña infante; las estrellas cubren aquella delicada e inmaculada pureza. Mientras, los amantes, se entregan al placer más desquiciado. Se poseen, se sofocan, se liberan del estigma de la vergüenza. Horas. Minutos. Segundos. El reloj de bolsillo corre sin cesar. Pero los amantes, ya cayeron en esa suerte de limbo atemporal, donde todo es eterno, donde todo se extingue en un abrir y cerrar de ojos.
Contradicciones. Todos cruzamos la delgada línea de la contradicción. Somos y no somos. Creemos y dejamos de creer. Pero caminamos por el mundo como fieles devotos. Hipocresía. Escasa definición. La maravilla que asoma del pico de la complejidad. Por fin los amantes se despojan de las cadenas del prejuicio pérfido, del “qué dirán” de la eterna lucha entre “el deseo y el deber”. “¿Qué es el amor?” “¿Qué es el Destino?“ se preguntan. Pero el silencio reina en sus corazones adormecidos.
Envueltos en un intenso y caluroso frenesí, lo amantes se revuelcan en el jardín de la plenitud. Creen haber comprendido la felicidad y se jactan de haber encapsulado al amor en sus dilatadas pupilas. Pero lo que no saben, es que el amor los ha encerrado a ellos, en un paraíso de ficción, en un paralelismo irreal. Lo que no saben es que ya no son dos sencillos cuerpos plagados de impulsos mundanos, invadidos por esa suerte de magia terrenal. Los amantes ya no son los amantes. Son ahora marionetas y esclavos. De sus propios deseos y fantasías. Del descarado ”Carpe Diem”, de las manecillas de un tiempo irresoluto y vagamente ultrajado.
¿No les ha pasado de sentir unas inmensas ganas de hacer algo pero por alguna razón se reprimen? ¿Han sentido alguna vez terribles ganas de gritar pero sienten que si lo hacen van a estropearlo todo? ¿No es espantoso? La culpa. Aquella vieja enemiga de poetas y vagabundos. La espina clavada en el medio del pecho, el veneno que como un río fluye incesante. Esa culpa que nos sujeta con fuerza. Esa culpa que amordaza en silencio. Esa culpa que no nos deja vivir. Pero, ¿qué es la culpa sino aquella siniestra proyección del miedo que nos secunda? ¿No será que nosotros mismos nos fundimos en las cavidades de su corazón? ¿No seremos un reflejo que aflora en la noche obscura?
Hace tiempo me decidí a no dejarme manipular por la culpa. El deber y el querer. Aquella eterna disputa del ser. Tantas veces sentí deseos de liberar palabras que dormían en mi interior. Tantas veces no seguí adelante por pudor, por miedo a la ridiculez, por falta de confianza en mi misma. Tantas veces me dije “basta” y aquí me tienen, regocijandome en un colchón de pequeñas culpas atrapadas. Ser natural tiene un precio. Y no serlo, uno aún más doloroso. Un contigente de impulsos indómitos vive en mí, me pide que me suelte, me implora que por una vez en la vida me deje ser, que no sienta miedo, que no sea tan severa conmigo misma. Pero la razón me persigue más fuerte y me señala con su índice acusatorio. Me pide que analice causas y consecuencias, que no sea insensata, que no me deje seducir por tentaciones mundanas. Me pide que elabore, me pide un control inexistente. Y así es como me debato entre las dos versiones de mi misma. Y es así como las contradicciones brotan en mi pecho.
Desearía ser libre. Libre de mi misma. Libre de esta sensación espantosa que me corroe por dentro. ¿Por qué no seré capaz de reirme de mi misma? ¿Por qué tengo tanto miedo? ¿Por qué me persigo de esta manera?
Necesito despertar.
Necesito arrancar esa maldita culpa de mi ser.
Este año comenzó con varias premisas: ser más positiva, confiar en mi misma, vencer (tratar sería más apropiado) mis inseguridades, alejar la negatividad de mi vida, abrirme a nuevas oportunidades, moverme con más soltura por el mundo, no levantar tantos muros, no entregarme a los brazos de la distancia. Recuerdo que el 31 a la noche me senté en mi habitación y escribí una lista con el objeto de dejar por escrito mis metas y objetivos a corto plazo. A su vez, en otra parte de mi libreta enumeré todas aquellas cosas de las cuales quería deshacerme. Un amigo me había sugerido hacerlo ya que en su ciudad es tradición santa. Jamás se me había dado por armar listas donde de alguna manera expusiera mis deseos más fervientes. Llegué a la conclusión que ansío muchas cosas, variadas y coloridas. Sin embargo, no puedo evitar preguntarme: ¿Seré capaz de esbozar un “tic” aprobatorio a fin de año? ¿Seré capaz de hacer frente a mis propias exigencias? Querer. A veces, no basta con querer. Hay que hacer. Hay que enfrentarse a la sombras que aguardan en los recovecos del alma. La lista descansa en la calidez del cajón. Me recuerda que la bella durmiente un día despertó. Me recuerda que es hora de sofocar la queja y crecer. Crecer. Aprender a quererse a uno mismo también es crecer. Aprender a aceptar el reflejo que el espejo nos devuelve cada día también es crecer. Entender que somos seres imperfectos, abrazar la complejidad que brota de nosotros mismos, también es crecer. Entender que no estamos solos en el mundo no es sino la punta del iceberg. Nos urge abandonar por fin aquel egocentrismo idolatrado y mirar a nuestro alrededor. Abrir los ojos y ver con claridad.
Siendo totalmente honesta, me senté a escribir este post con una idea clara y definida: desahogarme, aquietar mi espíritu. Por razones varias me sentí dolida y algo nostálgica. Sentí que me estaba alejando nuevamente, que la magia se consumía lentamente. Sentí que aquellas personas con las que compartía tanto se desvanecían como la niebla vespertina. Sentí que mi presencia se teñia de un vago ausentismo, de ilusiones pasadas. Sentí unas terribles ganas de llorar. Sin embargo, no lograba encontrar las palabras para expresarme. Por alguna razón, mi corazón activó su sistema de seguridad. Me bloqueé emocionalmente. Me senté a escribir para excusarme, para llenarme de pretextos insulsos, para vomitar verdades ocultas en lo más profundo de mi ser. ¿Y para qué? ¿De qué me sirve ahogarme en penas conocidas? ¿No sería más loable secar mis lágrimas y madurar? No todo es en contra mío. No todo gira a mi alrededor. Eso lo sé. Claro que lo se. Pero no puedo evitar caer en las mismas trampas. No dejo de ser mi peor enemiga.
La lista aguarda en silencio. Escucha la pequeña sinfonía que brota del teclado. Adivina mis palabras adormecidas. Se molesta profundamente. Ella sabe que me quejo una vez más. Caigo por enésima vez. Caigo y me levanto. Me levanto para demostrarme que no voy a darme por vencida. Me levanto para reforzarme a mi misma. Me levanto también por ella. Me levanto también por vos, pequeña lista.
Porque en ella duerme una parte de mí: la soñadora, la guerrera, la amazona. En ella vive aquella parte que se erige inmortal. La que da batalla, la que no conoce derrotas. La obstinada, la entusiasta. La que mira al espejo y sonrie. La que no se acobarda.
Por ellas me levanto. Por todos aquellos pedacitos de mi misma que vagan en busca de verdad, en pos de algo más grande que ellas. Me levanto porque levantarse es crecer. Y crecer también forma parte de la vida.
Y la vida, la vida es la bendición más preciada que el ser humano ha de tener.
(via whitemagicrose)
¿No les ha pasado de emitir juicios de valor hacia otras personas? ¿No les ha pasado de crear imágenes desproporcionadas en sus mentes para luego comprender que estaban absolutamente equivocados? ¿No les ha pasado de sentirse observados, perseguidos, juzgados? Juicios. Prejuicios. Miradas cargadas de insulsa severidad. A veces me pregunto por qué el ser humano tiene la asquerosa necesidad de anticiparse a todo. ¿Será una cuestión de autopreservación? ¿O será acaso la ambición de adueñarse de una razón austera? Siempre queremos tener razón. Siempre pensamos que nuestros pensamientos albergan la verdad absoluta. Siempre nos inclinamos a pensar que es el otro quien se equivoca. Jamás nosotros. Jamás descansaremos en el regazo del error. Como si el pobre fuera un paria, un malviviente, un exiliado. Nunca cruza por nuestra mente la idea de que el otro es un ser tan vulnerable y frágil como nosotros. Jamás pensamos en las piedras que se ciñen a su alrededor. Pensamos en nosotros. No vemos más allá. Y juzgamos. “Si es rubia debe ser tonta” “Si usa anteojos y viste serio debe ser intelectual” “Seguramente no le interesan mujeres como yo” ¿No suena rídiculo? ¿No será que en verdad estamos ciegos y vemos lo que queremos ver?
En mi corta experiencia pude notar que el ser humano no está preparado para enfrentarse al error. Siempre subyace aquel gélido miedo a equivocarse, a no hacer lo correcto. ¿Y qué es lo correcto? ¿Por qué el pánico y la desesperación? Sería hipócrita si afirmase que jamás me he paralizado frente a la posibilidad de rozar la delgada línea entre lo que debo y quiero hacer. Un abismo de errores acusatorios me persigue y me obliga a elegir un camino. Mientras, pienso y pienso. Busco en mi mente soluciones rápidas, soluciones prácticas. Mi corazón se arrodilla y me pide a gritos que lo escuche. Pero yo, ensordecida y aturdida, hago caso omiso a sus suplicas. Corro. Corro en la obscuridad que me envuelve. Yo no me quiero equivocar. Yo no quiero que al final del día el tribunal me condene. Yo no quiero que me juzguen.
Miedos. Recurrentes y fieles, encuentran siempre la oportunidad de atormentarnos, de llevarnos de las pestañas a sus cuevas. Sin embargo, no somos tan sumisos como ellos creen y hemos desarrollado mecanismos de defensa, escudos de cartón corrugado. Si la realidad nos es austera, si el mundo que se esconde detrás de la caverna nos asusta, entonces optamos por encerrarnos en nuestras paredes de cristal. Nos fundimos en aquel hermetismo primitivo, cerramos las ventanas y no dejamos que el sol se inmiscuya. Nos cerramos en nosotros mismos. ¡Pero vaya si seremos criaturas astutas! ¡Logramos engañar al miedo pero nos engañamos a nosotros mismos! Claro que a no todos les urge la misma necesidad. Hay quienes no temen y se lanzan al vacío. Hay quienes se dejan embeber por la adrenalina del momento. Hay quienes son el sádico y el masoquista. Es tan difícil. A veces es tan difícil tomar una decisión. “¿Me animo o mejor callo?” “¿Y si lo arruino todo?” “¿Y si en verdad piensa que soy una loca?” Mientras, las oportunidades pasan frente a nuestras narices. Mientras, el tren parte una vez más. Y nosotros, sumidos en pensamientos abstractos no somos capaces de ver a nuestro alrededor. Nos mentimos una vez más.
Pero, ¿qué sucede cuando a pesar del miedo uno es conciente que debe actuar? ¿Qué sucede cuando el tiempo nos devuelve bruscamente a la realidad? Yo soy de aquellas personas que sienten con gran intensidad. Soy de aquellas personas que se cargan con preocupaciones innecesarias. Me invento pretextos, me miento una y otra vez. No logro ver lo que los demás ven en mi. Me defiendo absurdamente. Muestro mi lado más duro. Me es curioso porque la gente suele pensar que cuento con gran confianza en mi misma, que soy de esas chicas que no conocen la vergüenza, de aquellas que se llevan la vida por delante. Y a decir verdad, no soy así. Soy muy tímida con quien recién conozco, me lleva tiempo abrirme y confiar en los demás. Pero soy orgullosa y jamás dejo entrever mi dolor. El orgullo es pues, mi coraza esencial. Cuando tengo que callar, hablo. Y cuando tengo que hablar, callo terriblemente. Tantas veces me recriminé no haber sido más moderna y atrevida. No haber sido más franca y honesta. No haber tenido el coraje de expresar lo que sentía. Y cuando lo hago, cuando por fin junto las fuerzas y me lanzo al vacío, el miedo me aguarda al fondo del abismo.
Y tantas veces siento lástima de haberme fallado a mi misma. De haber mostrado solo una cara de la moneda. De haber engañado a mi interlocutor. Y tantas veces mi corazón pide una segunda oportunidad.
Y en silencio, aún la espero. Aún la espero en verdad.